El momento en que dejé de tenerle miedo a Max y conecté con él

Cómo un miedo de toda la vida me enseñó que lo que realmente me asustaba no eran los perros, era confiar




Hoy quiero hacerles una confesión: de niña, por mucho que deseaba tener un perrito (bueno, la verdad quería tener un zoológico en mi casa, pero no era posible), les tenía miedo. Es decir, los quería, pero de lejos.

Y no era un miedo chiquito. Era de esos que me hacían cruzar la calle, quedarme congelada si alguno se acercaba, esconderme detrás de alguien. No importaba el tamaño. No importaba si movía la cola. Para mí, un perro cerca era peligro.

No recuerdo exactamente cuándo empezó. Creo que venía del hecho de nunca haber convivido con ningún animal, solo verlos desde lejos. O quizás me hace pensar que fue un miedo heredado, o de otras vidas. Lo que sí sé es que con el tiempo hice lo que hacemos con las cosas que nos asustan: las evité, las escondí en un cajón.

No me acercaba a perros. No los tocaba. No los entendía. Y como no los entendía, les tenía más miedo todavía.

La primera puerta que se abrió

Años después, mi hermana se mudó y tuvo un perrito: Aslan. Un Golden Retriever muy familiar, cariñoso, paciente. Yo no convivía con él, pero a veces se quedaba en casa y yo cuidaba de él, y aunque no fue una conexión profunda (porque no era mi responsabilidad diaria), sí fue algo importante: fue la primera vez que estuve cerca de un perrito sin sentir miedo.

Aslan me enseñó que podía estar tranquila y a salvo cerca de un perrito. Que no todos eran peligro.

Sin darme cuenta, esa experiencia empezó a abrir una puerta que yo tenía cerrada desde niña. El miedo fue bajando con el paso de los años. No se fue del todo, pero dejó de ser lo primero que sentía al ver un perrito. Y eso, sin saberlo, fue plantando la semilla, o más bien germinando, el deseo de tener un perrito algún día. Un Golden Retriever como Aslan, sin duda, una raza conocida, uno con el que sabía que podía confiar.

Pasaron muchos años antes de dar ese paso. Y cuando finalmente mi esposo y yo decidimos hacerlo, había otra razón de fondo que les contaré en otro post más adelante. Pero lo que puedo decirles hoy es que cuando decidimos tener a Max, algo dentro de mí ya estaba listo para intentarlo, aunque el miedo seguía ahí, tan calladito que pensé que ya no existía.

Cuando Max llegó, no fue como esperaba

No lo vi y sentí amor a primera vista. Aunque debo decir que me parecía la cosita más tierna del mundo (era muy chiquito, muy inocente, muy esponjoso), pero había un poquito de miedo que al principio no noté. No sabía cómo cargarlo, cómo interactuar con él, cómo acercarme ese primer día que fuimos por él. Me daba cosita lastimarlo si lo cargaba mal, o al ponerle su pechera nueva.

No sabía absolutamente nada de perritos. Nada de sus etapas, de lo que necesitan, de cómo guiarlos.

Al llegar a casa y al pasar de los días, todo iba bien. Nos íbamos adaptando uno al otro, conociéndonos. Él adaptándose a un espacio nuevo sin su familia perruna, y yo adaptándome a esta nueva realidad y responsabilidad.

Hasta que Max empezó a hacer de la casa su territorio.

La cosita peluda y esponjosa me gruñía

No me dejaba recoger los pads orinados. Se ponía sobre ellos y me gruñía. Su cama meada, tampoco me dejaba lavarla. Imagínense una cosita peluda de tres o cuatro meses gruñéndome y molestándose conmigo por intentar limpiar sus cosas.

Con esas reacciones, el miedo que creía haber superado volvió a florecer. Nunca pensé que un cachorro pudiera comportarse de esa manera. No tenía las herramientas para saber qué hacer, cómo responder, cómo ponerle límites, cómo acompañarlo en esa etapa.

Y ni por error le metía la mano.

El impulso de huir y la decisión de quedarme

Cada vez que yo no sabía cómo responderle, sentía dos cosas al mismo tiempo: el impulso de huir y las ganas de quedarme junto a él.

Esto ahora me da risa, pero debo confesarles que le enseñé el comando “stay” para dejarlo afuera en la sala y encerrarme en el cuarto. Sí, huía de él. A ese grado llegué.

No huía solo por el comportamiento territorial. También me abrumaba su intensidad al jugar, mordiéndome con sus dientes de tiburón (ya saben lo filosos que son los de cachorro); me tenía los antebrazos rasguñados. Fue tanto el agobio que mi esposo me preguntó: “¿Quieres que lo devolvamos?” Esa pregunta me sacó de foco, pero me hizo reflexionar. Él sabía que yo le diría que no. Lo pensé, pero mi corazón de pollo no pudo con eso e inmediatamente le dije que no.

Max no entendía de reglas inventadas por el miedo. Y él, sin entender ese tipo de “juegos”, se quedaba afuera con su carita de confundido.

Lo que él necesitaba era todo lo contrario de lo que yo hacía: ser comprendido y guiado con amor y dedicación. No que me escondiera de él.

No fue un día. Fue un proceso lento, de mucho ensayo y error. De enseñarle comandos nuevos, ya no para huir de él, sino para aprovechar sus ganas de hacer algo. Hubo días en que lo dejaba acercarse y estaba bien. Y días en que me volvía el miedo y necesitaba espacio.

Max, aunque un poco confundido, nunca se ofendió. Nunca se alejó con resentimiento. Simplemente esperaba, o más bien lo intentaba con cada acercamiento. Como diciendo: “Aquí voy a estar cuando estés lista. Pero mientras espero ‘pacientemente’, hagamos algo, porque necesito quemar energías.”

Y esa inocencia y presencia constante fue lo que me desarmó.

Lo que pasó cuando dejé de resistirme

Con los meses, a medida que yo iba ganando confianza en su crianza (aprendiendo de sus etapas y sus necesidades), naturalmente, él también fue cambiando. Se fue calmando. Y claro, se empezaba a sentir entendido.

Fueron cinco meses de adaptarme a él. Acostumbrarme al cambio de rutina, a su presencia, al cuidado diario.

Y eso fue lo que me permitió conectar con él. Dejé de verlo como una mascota y empecé a verlo como parte de la familia, como a un hijo que podía maternar. Y cómo no, si lo habíamos apartado de su familia original. Además, le había prometido a su mamá perruna que cuidaría de él. Sin darme cuenta, ya había entrado a mi corazón.

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Max no me quitó el miedo

Max me enseñó que podía tenerlo y aun así dejar entrar a alguien. Que confiar no es dejar de tener miedo: es decidir que lo que hay del otro lado vale más que la protección.

En ese momento no lo entendía, pero ahora me doy cuenta de que el día que lo abracé por primera vez sin pensarlo, entendí algo que cambió todo: el miedo nunca había sido hacia los perros.

El miedo era a confiar. A dejar que algo que no puedo controlar se acerque lo suficiente como para importarme de verdad.

Max no me curó. Max me acompañó mientras yo iba sanando, y sigo haciéndolo, gracias a su maestría.

Y eso es lo que hacen los perritos: no te arreglan, no te fuerzan, no te presionan. Se sientan frente a tu miedo contigo y esperan a que tú decidas que estás lista.

Lo que Max me mostró del otro lado del miedo

Si me permiten confesarles otra cosa: a Max no lo cambio por nada en el mundo. Este cachorro vino a mostrarme que la vida se vive más bonito desde el amor, ese otro lado en donde encuentras una pradera abundante, llena de flores, mariposas, y donde los pajaritos cantan más bonito. Suena cursi, pero así veo la vida desde que empecé a observarlo y a interpretar desde un lado más amable lo que me quería mostrar.

Esta semana celebramos su séptimo cumpleaños y me da mucha nostalgia pensar lo rápido que ha pasado el tiempo, lo tanto que hemos aprendido y sanado juntos. Si pudiera devolver el tiempo, lo cargaría más, lo besaría más, jugaría más con él. Pero todo es perfecto como fue y como es. Él está haciendo un trabajo estupendo en nuestro hogar. Y aunque no lo puedo cargar como cuando era un puppy (porque bueno, ya son 92 libras), estoy mucho más presente para él. Lo beso, lo abrazo, juego con él, y le digo lo tanto que lo amo y lo agradecida que estoy.

Él simplemente ha sido, y cada día sigue siendo, mi maestro en esta vida.

Esta semana trae una energía de soltar

De sacar a la luz lo que cargas desde hace mucho y ya no necesitas. Y cierra con luna nueva en Aries, conjunta con Quirón, el sanador herido: energía de fuego, de coraje, de empezar algo nuevo desde un lugar más honesto. De sanar la herida que te impide dar el primer paso.

Si cargas un miedo viejo (hacia tu perrito, hacia la conexión, hacia lo que sea) o alguna otra emoción o recuerdo, esta semana te invita a mirarlo de frente. No a eliminarlo. Solo a dejar de dejarle tomar las decisiones por ti.

Te invito a que respondas estas preguntas, porque pueden ayudarte a liberarlo:

¿Cuál fue ese momento para ti? ¿Qué tuviste que soltar para dejar entrar a tu perrito de verdad en tu vida? Gracias por llegar hasta aquí.


Cuéntame, ¿cuál fue tu toma de conciencia? Si algo de esto resonó o te llamó la atención, me encantará leerte en los comentarios.

Te escribe con amor, Maria Fernanda AP.

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