Max fue mi Oogway esa mañana
Se detuvo en seco en medio del paseo y me puso en mi lugar con una sola mirada.
Una mañana, mientras caminábamos, Max se detuvo en seco.
Muy serio, lentamente volteó a mirarme, como diciéndome:
“Mujer, ¿qué pasa? ¿Será que me vas a dejar oler con tranquilidad? ¿Cuál es tu apuro? ¿Qué es tan urgente?”
Fue un momento incómodo y de vergüenza para mí con él.
Sentí esa mirada regañándome. De una manera amorosa y delicada, me puso en mi lugar. Fue tan profunda y tan honesta que al instante me congelé, y caí en cuenta de mi impaciencia.
Déjame contarte cómo llegamos ahí.
Normalmente caminamos juntos por las mañanas. Ese día, desde que bajamos, ya estaba pensando en todas las cosas que tenía por hacer en el día. No había empezado por completo mi día y ya me sentía agobiada porque se me habían acumulado varias tareas que tenía que terminar. ¿Era indispensable hacerlas todas ese mismo día? No. Pero mi mente y mi cuerpo sentían que sí, que todas eran de vida o muerte. Cosas que se cree la mente, y el cuerpo responde exaltado. Derroche de energía por doquier.
Mientras caminábamos, yo pensaba en los quehaceres y por cuál iba a empezar. Max, por su parte, olía las flores, la grama, marcaba su territorio. Andaba enterándose de cómo estaban sus vecinos, qué habían comido, cómo se sentían, recogiendo toda la data necesaria para tener un reporte completo de la mañana. Yo, normalmente, le dejo su espacio y disfrute de su paseo matutino.
Pero ese día “tenía tantas cosas encima” que lo estaba apurando. No le estaba dejando oler con tranquilidad. Cada vez que se quedaba mucho rato pegado oliendo un lugar, lo movía. Lo hice un par de veces (no sé cuántas, porque andaba en mi mente), y fue ahí cuando Max se detuvo.
Y me miró así.
Impaciencia, primero, conmigo. Por no ser amable conmigo misma y autocastigarme teniendo que hacer todo ese día, incluso culpándome porque ya me había atrasado. Y esa impaciencia, que era mía y no de Max, estaba impactando su rutina.
Empezando el día, ya estaba sintiendo culpa, molestia, estrés, impaciencia… tú nombra todas las emociones negativas. Parecía ser un día prometedor, ¿no crees?
Le pedí disculpas en ese preciso momento. Por atropellarlo. Por mi actitud en aquella mañana tan bonita.
Todo eso pasó en segundos.
Max no me estaba interrumpiendo. Me estaba regresando.
A veces, entre tantos quehaceres del día a día, nos olvidamos de las cosas básicas. De las cosas importantes.
Creemos que todo lo que hacemos por nuestros proyectos, trabajo, hogar y familia es más importante, incluso más que nuestra salud o nuestro bienestar.
Y sí, tienen parte de importancia, por supuesto. De nuestro trabajo vivimos, en nuestros hogares mantenemos el orden y sostenemos a nuestra familia.
Pero estamos tan en automático que hay cosas tan simples que olvidamos. Como el estar presente. Incluso respiramos en automático. Nuestro cuerpo ya lo sabe hacer, pero ni siquiera ahí nos detenemos a pensar si estamos respirando bien, si realmente estamos oxigenando el cuerpo de manera correcta.
¿Cómo es que dejamos nuestro cuerpo para después, si es nuestro propio cuerpo? Si es el vehículo con el que transitamos en esta vida, el que nos lleva a todos lados. El templo sagrado que contiene nuestros órganos.
¿Qué pasa si le damos 5, 10, 20 minutos o una hora de descanso cada cierto tiempo, o al menos una vez al día cuando no hemos parado en horas? No creo que pase más que sentirse agradecido por pensar en él y permitirle ese descanso.
Ese momento con Max me hizo volver al presente.
A disfrutar de ese día, esa mañana, ese minuto y segundo con él. A escuchar los pajaritos cantar, sentir la brisa fresca, sentir el sol en mi piel. A estar completamente presente en mi cuerpo y en ese paseo con él.
Lo hace con un gesto, una invitación, una mirada, un ladrido, con su sola presencia. El solo verlo es algo que me llena de alegría y me hace sentir que todo está bien, que no todo es tan urgente como creo que es. No sé cómo lo hace, pero es un don que tiene.
A veces tomamos la vida tan en serio que olvidamos jugar. Olvidamos darnos cuenta de lo que realmente importa. Olvidamos disfrutar de los momentos, disfrutar nuestro presente.
Preferimos estar en la mente y desconectarnos del cuerpo para no sentir. Para solo hacer, hacer y hacer. Y no digo que esté mal hacer. Si no accionamos, no manifestamos lo que queremos. Pero mi pregunta es: ¿cuánto tiempo estamos en ese estado? ¿Cuánto tiempo estamos realmente habitando nuestro cuerpo en presencia? ¿Cuánto tiempo tomamos para sentirlo, para escucharlo? ¿Cuánto tiempo tenemos para cuidar de nosotras?
Por mucho tiempo estuve ahí, y no se sintió nada bien estar desconectada. Hacía mucho, pero me sentía vacía.
Te regalo esta frase muy conocida del Maestro Oogway de Kung Fu Panda, que vi hace unos días y pensé en compartirla contigo:
“El ayer es historia.
El mañana es un misterio.
El hoy es un regalo, por eso lo llaman presente.”
– Oogway
Max fue mi Oogway esa mañana.
Y lo sigue siendo cada día, cuando me ve perderme en la mente y, con una mirada, me regresa.
Esa es la práctica. Dejarme regresar.
No se trata de no tener días acelerados ni de no tener la mente llena. Se trata de aprender a escuchar cuando nuestro perrito, con su sola presencia, nos está diciendo: “aquí, ahora, conmigo”.
Los perritos nos regresan al presente cuando la mente nos tiene secuestradas. Solo necesitamos aprender a escucharlos.
Cuéntame en los comentarios: ¿cuándo fue la última vez que tu perrito te trajo de regreso al presente?
Puedes compartir en qué proceso estás con tu perrito, qué parte de su vínculo te está enseñando más en este momento, o qué toma de conciencia llegó a ti mientras leías. Lo que sientas compartir es perfecto. Max y yo estaremos encantados de leerte.
Gracias por llegar hasta aquí. Por darte este espacio para leer, sentir y conectar.
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Con amor Mafer AP.

